No hay catálogo con precios. Hay un proceso de contratación industrial de dos o tres años en el que el fabricante hace bastante menos de lo que parece y el parque bastante más.

En 2024 el Tibidabo abrió Merlí, una torre de caída libre de 52 metros. Costó 2,4 millones de euros y tardó tres años en estar en pie.
Tres años. Para una torre, que es de las atracciones más sencillas que existen: un mástil, un carro, un sistema de frenado magnético y poco más. La máquina en sí se fabrica en meses. Lo que llevó tres años fue todo lo demás.
Sabemos estas cifras porque el Tibidabo es municipal y está obligado a publicar lo que contrata. Los parques privados no publican nada, y por eso casi nadie ha contado nunca cómo se compra realmente una atracción. Va de eso este artículo: del proceso, de dónde está el dinero que no sale en el titular, y de las tres cosas que se olvida pedir todo el que compra una por primera vez.
Lo escribo desde dos sitios. Desde los pocos datos públicos que existen, y desde la experiencia de contratar equipos industriales grandes, que es mi oficio. Cuando algo es criterio propio y no dato publicado, lo digo.
Catálogo o traje a medida
La primera decisión no es qué fabricante, sino qué tipo de compra.
Los fabricantes venden de dos formas. La primera es el modelo de catálogo: un diseño ya hecho, calculado, certificado y construido varias veces, que se repite con cambios mínimos. Vekoma construyó cincuenta y cinco Boomerangs iguales, y eso le dio el mercado y la mala fama a la vez. Pero todas las casas tienen su gama de familiares, spinning y junior.
La segunda es el diseño a medida: un trazado nuevo para un terreno concreto, calculado desde cero y construido una sola vez.
La diferencia no es solo de precio. Un modelo de catálogo tiene la documentación de diseño hecha y el organismo de certificación ya lo conoce, así que el plazo puede bajar del año. Un diseño a medida arranca con meses de ingeniería antes de cortar el primer tubo, y cada aprobación es nueva para todos.
Los parques grandes compran a medida porque venden singularidad. Los medianos compran catálogo porque venden presupuesto y fiabilidad. Y hay una tercera vía que crece: el catálogo personalizado, un modelo base al que se le cambia el tramo final, el tren o la tematización. Parece único y casi no lo es.
Quién hace qué, o dónde está el dinero
Aquí está lo que más sorprende a quien compra por primera vez.
El contrato con el fabricante cubre la vía, la estructura, los trenes, el sistema de control, la supervisión del montaje, la puesta en marcha y la documentación. Es decir, la máquina.
Todo lo demás lo pone el parque: movimiento de tierras, cimentaciones, edificio de estación, cola, taller, acometida eléctrica, accesos de obra, tematización y licencias. Y ese «todo lo demás» no es una minucia. En una atracción grande sobre terreno complicado, la parte civil puede acercarse a lo que cuesta la máquina. Esto es criterio mío, no hay cifra publicada que lo diga, pero quien haya cimentado una estructura de treinta metros en ladera sabe de qué hablo.
Los dos casos españoles con cifras públicas lo enseñan bien. La montaña rusa del Tibidabo, una Vekoma abierta en diciembre de 2008, se anunció con un coste de tres millones. Merlí abrió en 2024 con 2,4 millones incluyendo las obras de adaptación de la zona, y el propio parque cuenta los tres años de proceso.
Y el caso más elocuente está en Polonia. En Energylandia, la zona Sweet Valley tenía una de sus dos montañas rusas montada y probándose a principios de 2021. La zona abrió en abril de 2024. La máquina pasó tres años esperando a que el resto estuviera listo.
El cuello de botella de una atracción nueva casi nunca es el fabricante.
El proceso, en seis pasos
Definición. El parque decide qué quiere en términos de negocio, no de máquina: para qué público, cuánta gente por hora, cuánto puede gastar, qué altura le permite el planeamiento, qué terreno tiene. Cuanto mejor está hecho este papel, menos sorpresas después. Se hace peor de lo que debería, porque en esta fase manda el entusiasmo.
Petición de ofertas a tres o cuatro fabricantes. Cada uno responde con un trazado preliminar, una capacidad teórica, un precio, un plazo y, lo importante, una descripción de lo que incluye y lo que no. Comparar ofertas de montañas rusas es comparar alcances antes que precios. La oferta más barata suele serlo porque deja fuera algo que la cara lleva dentro.
Contrato. Hitos de pago, garantías, calendario, penalizaciones. Aquí la experiencia industrial vale más que la afición.
Ingeniería. El fabricante da las cargas en cada apoyo; el parque calcula las cimentaciones con ellas. Hasta que eso no cierra no se hormigona nada.
Fabricación y obra, en paralelo. En una vía tubular son meses de taller y decenas de camiones.
Montaje y aceptación. Se cargan los trenes con sacos de agua que pesan lo que una persona, se hacen cientos de ciclos, se ajustan frenos y sensores, y un organismo independiente certifica que cumple la norma antes de que suba nadie.
Cómo se paga, y por qué eso mata fabricantes
Los fabricantes no publican sus condiciones de pago, así que esto es cómo se paga cualquier equipo industrial de este tamaño.
Se paga por hitos: un anticipo a la firma, otro al aprobar el diseño, otro al terminar en taller, otro a la entrega, y el último a la aceptación. Sobre ese último queda una retención, una parte que el parque no suelta hasta que la atracción lleva un tiempo funcionando sin problemas. Y cada hito va cubierto por avales bancarios cruzados.
Esto explica algo que se ve una y otra vez en la historia de los fabricantes: por qué una empresa técnicamente excelente puede quebrar. Con este esquema, el fabricante financia buena parte del proyecto hasta cobrar los últimos hitos. Si se retrasa la obra del parque, si la certificación se complica, si el cliente tiene problemas de caja, el fabricante lleva meses pagando acero y nóminas contra un aval. Arrow y Schwarzkopf, cada uno a su manera, murieron de eso.
La garantía que nunca se reclama
Hay tres garantías en un contrato así.
La de producto, uno o dos años: lo que se rompa por defecto de fabricación lo repone el fabricante.
La de cumplimiento: el aval sobre el contrato entero.
Y la de prestaciones: la atracción hará tantos viajeros por hora. Esta es la interesante, porque esa cifra es teórica, calculada con trenes llenos y tiempos de embarque de laboratorio. Cuando analicé veintisiete parques, la capacidad declarada explicaba apenas el 22% de la variación en la espera real; el resto es operación. Un fabricante puede garantizar la capacidad de su máquina. No puede garantizar cómo la va a operar el parque. Por eso esa cláusula casi nunca acaba en reclamación.
Las tres cosas que se olvida pedir
El paquete de repuestos. Ruedas, sensores, elementos de freno, componentes del tren. Comprarlos con la máquina es barato; comprarlos dos años después, de uno en uno y con la atracción parada, es caro y lento. Y si el fabricante ha desaparecido, que en este sector pasa mucho, imposible.
La formación. Del personal de operación y sobre todo del de mantenimiento. El fabricante conoce su máquina; a los tres meses de la inauguración ya no está.
La documentación. Planos as-built, cálculos, manuales, registros de pruebas, expediente de certificación. La vida de una atracción se cuenta en horas, y cuando esas horas se acercan lo que decide si sigue o se desmonta es un informe hecho sobre esos papeles. La atracción con documentación vale más que la misma atracción sin ella, y esa diferencia se fija el día de la firma, no veinte años después.
Lo que el dinero público deja ver
Casi todo lo anterior se negocia a puerta cerrada. Salvo cuando el parque es de una administración.
Un parque público compra con pliego, con criterios publicados, con plazos de recurso y con el precio pesando en la valoración más de lo que un parque privado permitiría. Y con algo que ningún fabricante mete en su oferta: la oposición vecinal. La montaña rusa del Tibidabo nació con una polémica ambiental por los árboles que hubo que talar, con protestas y recogida de firmas, y el fabricante tuvo que presentar una variante del proyecto para reducir el impacto visual.
Un parque privado no pasa por eso. Tampoco publica nada. Así que los pocos números que tenemos son de parques públicos, y conviene leerlos sabiendo que son la parte visible de un mercado que no enseña sus contratos.
La cifra que importa no es el precio
Una montaña rusa se anuncia por su precio de máquina. Lo que el parque paga es eso más la obra, más el edificio, más la tematización, más los repuestos, más lo que cuesta cada mes que la atracción está montada y sin abrir.
Quien compra una atracción por primera vez mira el precio. Quien la compra por segunda vez mira lo que no está incluido.
👏 Si te ha gustado, compartirlo ayuda a que llegue a más gente. Suscríbete para no perderte el resto de la serie, y dime en los comentarios qué atracción quieres que analicemos.
Ride Intelligence: análisis de parques temáticos desde la ingeniería.