El hidrógeno que importa está en la fábrica

En la pieza anterior los datos enterraron el coche de hidrógeno: donde cabe una batería, gana la batería. Así que la pregunta lógica es: si pierde en movilidad, ¿para qué sirve el hidrógeno? Y la respuesta es incómoda para los dos bandos. No sirve para casi nada de lo que te venden. Y sirve, de forma masiva, para algo que ya existe y que casi nadie ve.

Hay un malentendido de fondo en todo el debate del hidrógeno, y es tratarlo como una tecnología del futuro que hay que construir. No lo es. El hidrógeno ya es una de las mayores industrias químicas del planeta, lleva siéndolo un siglo, y funciona a plena marcha ahora mismo mientras lees esto. El problema no es que no exista. El problema es que es sucia.

Esta pieza va de eso: de dónde se usa el hidrógeno de verdad, por qué ahí no compite con ninguna batería, y por qué la transición del hidrógeno con sentido no consiste en inventar un mercado nuevo, sino en limpiar el que llevamos décadas teniendo delante sin mirarlo.


La industria invisible que ya nos rodea

Empecemos por la escala, que descoloca. En 2023 el mundo consumió más de 97 millones de toneladas de hidrógeno, y cerca del 80% se fabricó con gas natural sin captura, es decir, hidrógeno gris (IEA, Global Hydrogen Review). Ese consumo no está en coches ni en pilas de combustible: los usos «nuevos» de la transición energética son menos del 1% del total (IEA).

¿Dónde está entonces ese hidrógeno? En tres sitios, por orden: fabricar amoniaco, refinar petróleo y fabricar metanol. Los tres son procesos industriales donde el hidrógeno no es un combustible que se quema para mover algo, sino una materia prima química: un ingrediente que entra en una reacción y sale convertido en otra cosa. Esta distinción es la clave de toda la pieza, así que la subrayo:

En la industria, el hidrógeno no compite con la electricidad ni con una batería, porque no está haciendo el trabajo de una batería. No mueve, no calienta (casi nunca): reacciona. Y a una reacción química no puedes enchufarle un cable.


Uso 1: el amoniaco, o cómo el hidrógeno da de comer a media humanidad

Casi la mitad de todo el hidrógeno del mundo va a fabricar amoniaco (IEA), y esto conecta directamente con la historia de Vemork que ya contamos.

El amoniaco es la base de los fertilizantes nitrogenados. Y aquí va el dato que debería estar en cualquier conversación seria sobre hidrógeno: el proceso Haber-Bosch, que fabrica ese amoniaco a partir de hidrógeno, da de comer aproximadamente a la mitad de la población mundial (Our World in Data). Sin ese nitrógeno sintético, la agricultura no podría sostener a miles de millones de personas. No es una exageración de folleto, es demografía.

El coste ambiental de ese milagro es igual de grande. La fabricación de amoniaco consume alrededor del 2% de toda la energía mundial y emite unos 340 millones de toneladas de CO₂ al año, un 2% de las emisiones globales (Chemistry World), porque hoy ese hidrógeno es gris, sacado del gas natural.

Fíjate en lo que esto plantea. No hay que convencer a nadie de que use amoniaco: ya lo usamos, es imprescindible, y lo seguiremos usando. La única pregunta es de qué color es el hidrógeno con el que se hace. Descarbonizar el amoniaco no es inventar una demanda nueva, es cambiar la fuente del hidrógeno en una demanda que ya existe y no va a desaparecer. Coger ese Haber-Bosch y alimentarlo con hidrógeno verde en vez de gris. Que es, exactamente, el modelo de Vemork: electrólisis con renovable barata, amoniaco en el sitio. La idea no es nueva. Es la vieja idea, bien hecha.

Y no hay batería que sustituya esto. No puedes fertilizar un campo con electricidad. Necesitas la molécula.


Uso 2: refino y metanol, la química que no se ve

El segundo gran consumidor es el refino de petróleo. Puede sonar paradójico usar hidrógeno para hacer combustibles fósiles, pero es lo que ocurre: las refinerías usan hidrógeno para quitar el azufre de los carburantes (por eso hoy el diésel y la gasolina contaminan mucho menos azufre que hace décadas) y para partir hidrocarburos pesados en otros más ligeros y vendibles. Es química de proceso, invisible para el consumidor, y consume una parte enorme del hidrógeno mundial (IEA).

El metanol es el tercero: otro producto químico base, materia prima de plásticos, disolventes y, cada vez más, combustible de barcos como vimos en la pieza de movilidad.

En ambos casos, la historia es la misma que en el amoniaco: usos consolidados, imprescindibles, alimentados hoy con hidrógeno gris, y donde la palanca de descarbonización no es cambiar el proceso, sino cambiar el color del hidrógeno que entra.


Uso 3: el acero, la frontera y el premio gordo

Los dos usos anteriores son «limpiar lo que ya hacemos». El acero es distinto: es estrenar al hidrógeno en un sitio nuevo, y es el premio más goloso de toda la descarbonización industrial.

El problema del acero es de los más duros que existen. Fabricar acero por la vía tradicional, el alto horno, emite alrededor de 2 toneladas de CO₂ por cada tonelada de acero (IEEFA), y la siderurgia es responsable de un porcentaje enorme de las emisiones mundiales. La razón es química: para convertir el mineral de hierro (óxido de hierro) en hierro metálico hay que quitarle el oxígeno, y tradicionalmente ese oxígeno se arranca con carbón, que acaba saliendo como CO₂.

Aquí entra el hidrógeno con una elegancia notable. Se puede usar hidrógeno en lugar de carbón para arrancarle el oxígeno al mineral (el proceso se llama reducción directa, H2-DRI), y entonces lo que sale de la reacción no es CO₂: es agua. Usar hidrógeno renovable para esto puede recortar las emisiones directas del acero hasta un 85% (IEEFA).

Y esto ya no es un experimento de laboratorio. En Suecia, la iniciativa HYBRIT (SSAB, LKAB y Vattenfall) demostró el proceso en planta piloto. Y Stegra (antes llamada H2 Green Steel) está construyendo en el norte de Suecia la primera acería comercial del mundo basada en hidrógeno, con una capacidad inicial del orden de 2,5 millones de toneladas al año y arranque previsto hacia 2026 (Midrex). El acero verde ha pasado de idea a hormigón.

Otra vez, no hay batería que compita: no puedes reducir mineral de hierro con electricidad directa metida en una celda. Necesitas un agente químico que le robe el oxígeno, y el hidrógeno lo hace dejando agua en vez de CO₂.


El hilo que une los cuatro usos

Amoniaco, refino, metanol, acero. Puestos en fila, dibujan un patrón que lo explica todo, y que es la conclusión que arman los datos por sí solos:

En todos los usos que de verdad importan, el hidrógeno trabaja como materia prima química, no como energía. Y en todos ellos no tiene rival eléctrico, porque una batería no puede hacer química.

Esto le da la vuelta a la conversación habitual. La pregunta útil no es «¿en qué cosas nuevas podemos meter hidrógeno?», que fue por donde se coló el error del coche. La pregunta útil es: de todo el hidrógeno gris que ya fabricamos y usamos, ¿cuánto podemos pasar a verde, y por dónde empezamos?

Y ahí los datos sí sugieren un orden, aunque la última palabra sobre rentabilidad la dejo para la próxima pieza. El amoniaco es el bocado más grande y más maduro: es casi la mitad del consumo, la tecnología existe hace un siglo, y solo hay que cambiar la fuente del hidrógeno. El refino y el metanol son terreno igual de conocido. El acero es la frontera, el que más CO₂ recorta por tonelada y el que más inversión y hidrógeno nuevo exige. Por eso muchos analistas defienden que el hidrógeno verde, que va a ser escaso y caro, debería priorizarse para estos usos industriales donde no hay alternativa, en lugar de malgastarlo en coches donde la batería ya gana (SteelWatch).

En otras palabras: el «hidrógeno del futuro» es, en su mayor parte, limpiar el hidrógeno del presente. Una industria enorme, invisible y sucia, que lleva un siglo dándonos de comer y de la que casi nadie había oído hablar hasta que se puso de moda ponerla en un depósito de coche.


Lo que queda por responder

Hasta aquí, dónde tiene sentido el hidrógeno: en la industria, como materia prima, sustituyendo al gris por verde en el amoniaco, el refino, el metanol y el acero. Eso es el «dónde».

Falta el «cuándo» y el «cuánto», que es harina de otro costal y merece pieza propia. Porque una cosa es que el hidrógeno verde tenga sentido técnico en estos usos, y otra que salga a cuenta hoy, con los costes de hoy. ¿Cuánto cuesta el kilo de verde frente al de gris? ¿Cuándo se cruzan las curvas? ¿Qué papel juegan el precio de la renovable, el del CO₂ y las subvenciones? Eso es la viabilidad económica, y será la pieza que cierre esta serie.

Ahí es, además, donde volverá con fuerza la tesis que atraviesa todo lo que hemos visto: que la clave no es solo el color del hidrógeno, sino producirlo con renovable barata justo donde se va a consumir, sin moverlo. Vemork otra vez, cien años después.


Serie «Hidrógeno sin humo»: entender el hidrógeno con criterio de ingeniero, dato a dato y con las fuentes a la vista. Las cifras de consumo, emisiones y proyectos de este artículo están enlazadas a su fuente; el orden de prioridad entre usos lo sugieren los propios datos, no una preferencia del autor.

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