En un valle de Noruega, en 1911, una central ya hacía exactamente lo que hoy nos venden como el futuro: cogía electricidad renovable barata, sacaba hidrógeno por electrólisis y con él fabricaba amoniaco, todo en el mismo sitio y sin transportar nada por medio. Luego lo olvidamos. Esta es la historia de por qué, y en mi opinión dice más sobre cómo funciona la industria que cien informes sobre la transición energética.

En la primera pieza de esta serie quedó claro el problema del hidrógeno: es un almacén de energía, no una fuente, y fabricarlo cuesta caro porque la conversión es ineficiente. La conclusión sensata era que el hidrógeno tiene sentido donde puedes producirlo con electricidad muy barata y consumirlo ahí mismo, sin arrastrarlo a ningún sitio.
Pues bien: eso no es una idea nueva de un informe de 2024. Es exactamente lo que hizo una empresa noruega hace más de un siglo, y lo hizo tan bien que su planta es hoy Patrimonio de la Humanidad. Se llama Vemork. Y su historia tiene de todo: ingeniería brillante, hambre mundial, una guerra, agua pesada, comandos con esquís y, al final, la lección más incómoda de todas — que abandonamos el modelo bueno no porque fuera peor, sino porque había otro más rentable de externalizar.
Vamos por partes.
El problema que lo empezó todo: dar de comer al mundo
A principios del siglo XX, la agricultura mundial dependía de un fertilizante que venía casi todo de un sitio: el salitre de Chile, nitrato natural que se extraía del desierto de Atacama. El problema era evidente: era finito, estaba lejos, y quien lo controlaba controlaba la comida. Fijar el nitrógeno del aire —convertir el N₂ inerte de la atmósfera en algo que las plantas puedan usar— era el santo grial de la química industrial. Quien lo lograra, alimentaría al mundo.
En Noruega lo lograron dos hombres muy distintos: el físico Kristian Birkeland y el industrial Sam Eyde, que fundaron Norsk Hydro el 2 de diciembre de 1905 (Hydro). Su método, el proceso Birkeland-Eyde, era de una brutalidad elegante: pasar aire a través de un arco eléctrico gigantesco a miles de grados, forzando al nitrógeno y al oxígeno a combinarse; de ahí salía óxido nítrico, luego ácido nítrico, y con él un fertilizante, el nitrato de calcio (Wikipedia).
Funcionaba. Pero tenía un apetito descomunal: ese arco eléctrico se comía cantidades absurdas de electricidad. Y ahí es donde la geografía noruega se convierte en protagonista.
Vemork: la mayor central del mundo, para alimentar un arco eléctrico
Para dar de comer a semejante proceso hacía falta electricidad barata y en cantidades industriales. Noruega la tenía en forma de agua cayendo por las montañas. Norsk Hydro construyó, en el valle de Rjukan, la central hidroeléctrica de Vemork, terminada en 1911 y la mayor del mundo en su momento (Norsk Hydro Rjukan).
Fíjate en la lógica, porque es la clave de todo el artículo: no construyeron la central para vender electricidad. La construyeron para consumirla ellos mismos, in situ, y convertirla en un producto transportable. La energía de la cascada no salía por un cable: salía por la puerta convertida en fertilizante, cargada en tren.
Alrededor de la fábrica levantaron ciudades enteras —Rjukan y Notodden—, con viviendas para los obreros, servicios, ferrocarril y ferris para sacar el producto hacia los puertos. Todo ese conjunto —centrales, líneas, fábricas, transporte y ciudades— es hoy Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 2015 (UNESCO), reconocido precisamente como el modelo pionero de convertir energía hidroeléctrica en fertilizante a partir del nitrógeno del aire.
El giro: del arco eléctrico al hidrógeno
El proceso Birkeland-Eyde tenía un defecto fatal: era energéticamente ineficiente incluso para los estándares de entonces. Durante los años diez y veinte, el mundo se pasó al proceso que todavía usamos hoy para el amoniaco, el Haber-Bosch, mucho más eficiente (Wikipedia).
Y aquí llega lo que nos interesa. El Haber-Bosch necesita hidrógeno como materia prima. ¿De dónde lo sacó Norsk Hydro, en un valle noruego sin gas ni petróleo, pero con toda la electricidad del mundo cayendo por la montaña? De la única forma que tenía sentido allí: electrólisis del agua. Pasar esa corriente hidroeléctrica por agua, romper la molécula, quedarse con el hidrógeno, y con él fabricar amoniaco.
Detente un segundo en lo que eso significa, porque es exactamente lo que hoy llamamos «hidrógeno verde» y vendemos como una novedad revolucionaria:
Electricidad renovable (hidráulica) → electrólisis → hidrógeno → amoniaco → producto útil, todo en el mismo emplazamiento, sin transportar el hidrógeno ni un metro. Vemork ya hacía «hidrógeno verde» y lo usaba con sentido hace casi un siglo, entre los años veinte y treinta. No es el futuro. Es algo que ya funcionó y que dejamos aparcado.
El giro oscuro: el agua pesada y la bomba
Aquí la historia se tuerce hacia la leyenda, y merece contarse aunque no sea el centro del artículo, porque es el motivo por el que Vemork es famosa.
Cuando electrolizas agua a gran escala durante años, en el residuo se va concentrando un tipo raro de agua: el agua pesada (óxido de deuterio), en la que el hidrógeno normal está sustituido por su isótopo pesado. En Vemork era, literalmente, un subproducto de la planta de hidrógeno. Desde 1934, Vemork fue la primera planta comercial de agua pesada del mundo, produciendo alrededor de 12 toneladas al año (Atomic Heritage Foundation).
El agua pesada resultó ser un moderador ideal para reactores nucleares. Y cuando la Alemania nazi ocupó Noruega en 1940, esa planta perdida en un valle se convirtió en una de las llaves de la carrera por la bomba atómica. Los Aliados no se lo podían permitir. En febrero de 1943, un puñado de comandos noruegos, la Operación Gunnerside, se infiltró en la planta y destruyó las celdas de electrólisis y unos 500 kg de agua pesada (Atomic Heritage Foundation). Y cuando los alemanes intentaron evacuar el agua pesada que quedaba, los saboteadores hundieron el ferri SF Hydro en el lago Tinn el 20 de febrero de 1944, mandando el cargamento al fondo. Es una de las operaciones de sabotaje más célebres de la guerra, y ha dado libros, películas y series.
Pero, en mi opinión, el episodio del agua pesada, con ser espectacular, ha eclipsado lo verdaderamente interesante de Vemork para nuestro tema: que allí funcionaba, décadas antes, el modelo de hidrógeno que hoy buscamos y no encontramos.
La pregunta de verdad: si funcionaba, ¿por qué lo dejamos?
Esta es la parte que me interesa, y aviso de que a partir de aquí mezclo hechos con análisis, así que marco el análisis como lo que es: mi lectura, construida sobre una conversación con gente que conoce el sector por dentro.
El modelo de Vemork —renovable local, electrólisis, amoniaco, todo integrado— no se abandonó porque diera malos resultados. Se abandonó por una suma de razones, y la última es la importante:
1. Aparecieron grandes bolsas de gas natural explotable, y en muchos sitios. En cuanto hubo gas barato y abundante, fabricar hidrógeno por reformado de ese gas (el hidrógeno «gris» de la pieza anterior) salió más barato que montar una hidroeléctrica y un parque de electrolizadores. La economía cambió de bando.
2. La hidroeléctrica de Vemork es un caso muy concreto. No puedes replicar ese salto de agua donde quieras; el gas, en cambio, se puede sacar en muchos sitios y —esto es clave— es un vector fácil de transportar. Podías extraerlo en un lado y llevarlo a otro. El modelo de Vemork estaba clavado a su valle; el gas viajaba.
3. Y la razón de fondo, la que en mi opinión más pesa y menos se cuenta: cuando montas una planta como Vemork, tienes que dominar y perfeccionar tú mismo media docena de tecnologías distintas — las turbinas hidráulicas, los electrolizadores, el almacenamiento, la síntesis de amoniaco, la logística de sacarlo en tren. Todo el conocimiento, toda la inversión y todo el riesgo, en tu casa.
En cambio, si te limitas a extraer gas y venderlo, solo te ocupas de una cuestión tecnológica: sacarlo del suelo y ponerlo en un tubo. Todo lo demás —convertirlo, usarlo, gestionar sus problemas— se lo transfieres al cliente. El conocimiento, la inversión y el riesgo salen de tu balance y entran en el de otro.
Y esa, para mí, es la clave que explica no solo a Vemork, sino a media historia industrial: muchas veces no se impone la solución técnicamente mejor, sino la que te permite quedarte con la parte fácil y rentable y empujar la parte difícil y cara a un tercero. Tiene nombre, de hecho: externalización de costes cuando el problema se lo pasas a la sociedad, y desintegración vertical cuando te quedas solo con un eslabón de la cadena y sueltas el resto.
No es solo el hidrógeno: el mismo patrón está en todas partes
Permíteme una digresión, porque este patrón, una vez que lo ves, lo ves en todos lados.
El caso que más me gusta es el del vidrio contra el plástico en los envases. Se nos vendió que el plástico era mejor. No lo es, ni de lejos, en términos ecológicos: el vidrio retornable y reutilizable —lo llenas, lo devuelves, lo vuelven a llenar— es muchísimo mejor que el plástico «reciclable», que hay que recoger, fundir, reconformar y que en la práctica se recicla mucho menos de lo que se dice.
Entonces, ¿por qué ganó el plástico? En mi opinión, por lo mismo que ganó el gas a Vemork: porque externaliza el problema. Con el vidrio retornable, la empresa se queda dentro la gestión del envase —lavarlo, recogerlo, reutilizarlo—. Con el plástico de un solo uso, ese marrón sale de la empresa y aterriza en el que gestiona la basura, que en muchísimos casos es un gobierno. Y ahí está el truco contable: ese coste no aparece en la cuenta de resultados de la empresa, aparece en el gasto público, donde casi nadie lo mira. De paso, al eliminar el sistema de retorno del envase, se quitó una parte de la oferta y el producto tuvo excusa para ser más caro. Ganó todo el mundo… menos el planeta y el contribuyente.
No es hidrógeno, pero es exactamente la misma jugada. Y creo que da para una serie propia de artículos, así que la dejo aquí apuntada y sigo.
Lo que Vemork nos enseña hoy
Cierro volviendo al principio.
Cuando alguien te venda el hidrógeno verde como una idea nueva y revolucionaria, acuérdate de Vemork. La idea no es nueva: renovable barata, en el sitio, convertida en hidrógeno y usada ahí mismo para hacer algo útil. Eso ya se hacía en 1911. Lo que cambió no fue la ingeniería, que era buena; lo que cambió fue la economía, y sobre todo la comodidad de externalizar la complejidad en lugar de dominarla.
Y aquí está, en mi opinión, la parte esperanzadora y la razón de que esta historia vuelva a ser relevante justo ahora: si la electricidad renovable se vuelve suficientemente barata —y en España, a mediodía, con la solar a tope, el precio del kilovatio se acerca a cero más días de los que crees—, la balanza económica que en su día se inclinó hacia el gas puede volver a inclinarse hacia el modelo integrado de Vemork. No porque hayamos inventado nada, sino porque las cuentas vuelven a salir donde ya salieron hace un siglo.
La ingeniería coherente estaba ahí desde el principio. Nos pasamos cien años externalizándonos fuera de ella. Quizá toca reaprenderla — y estaría bien contarlo antes de que se pierda del todo la memoria de que un día lo hicimos bien.
Serie «Hidrógeno sin humo»: entender el hidrógeno con criterio de ingeniero, dato a dato y con las fuentes a la vista. Los hechos históricos de este artículo están enlazados a su fuente; el análisis sobre por qué se abandonó el modelo va marcado como opinión razonada.
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