El hidrógeno no tiene color, y no se extrae de ningún pozo: se fabrica, y fabricarlo cuesta energía. Los «colores» de los que todo el mundo habla no describen el gas —que es incoloro—, describen cómo se hizo y cuánto CO2 costó hacerlo. Empiezo aquí una serie para entender el hidrógeno con criterio y sin humo, porque es probablemente el tema energético con más ruido y menos rigor en español.

Sobre el hidrógeno se dice de todo. Que es el combustible del futuro. Que va a sustituir al petróleo. Que es limpio. Que es un timo. Que va a mover nuestros coches, nuestras fábricas y nuestras casas. Casi todo lo que se dice es, a la vez, un poco verdad y bastante humo, y separar una cosa de la otra requiere entender antes una sola idea, la que define todo lo demás:
El hidrógeno no es una fuente de energía. Es una forma de guardarla y moverla. Y como toda forma de guardar energía, se paga.
Voy a dedicar una serie entera a esto, porque no cabe en un artículo y porque cada frente —el coche, la industria, el almacenamiento, la viabilidad— merece su propio análisis. Pero todos parten de lo mismo: de cómo se produce. Así que empezamos por ahí. Cuando termines de leer esto vas a poder mirar cualquier titular sobre hidrógeno y saber, en diez segundos, si te están contando algo serio o vendiéndote una moto.
Primero, el malentendido de base
Mucha gente imagina el hidrógeno como el gas natural o el petróleo: algo que está ahí, bajo tierra, esperando a que lo saquemos. No es así. El hidrógeno es el elemento más abundante del universo, sí, pero en la Tierra casi nunca está solo: está pegado a otras cosas. Está en el agua (H₂O), unido al oxígeno. Está en el gas natural (CH₄), unido al carbono. Para tener hidrógeno puro, útil, hay que arrancarlo de esas moléculas, y arrancarlo cuesta energía. Siempre.
Eso convierte al hidrógeno en lo que en el sector se llama un vector energético: no una fuente de la que sacas energía, sino un intermediario en el que la metes para poder transportarla o almacenarla, como una batería en forma de gas. La pregunta correcta nunca es «¿cuánta energía tiene el hidrógeno?», sino «¿cuánta energía, y de dónde, he tenido que gastar para fabricarlo?«. Ahí es donde entran los colores.
Los colores, uno a uno
El hidrógeno es incoloro. Los colores son una convención —medio técnica, medio de marketing— para etiquetar el método de producción y su huella de carbono (H2 Bulletin, World Economic Forum). Estos son los que importan.
Gris — el que usamos de verdad
Es el hidrógeno que domina el mundo hoy. Se hace por reformado de metano con vapor (SMR, por sus siglas en inglés): se coge gas natural, se junta con vapor de agua a alta temperatura, y se rompe la molécula de metano para quedarse con el hidrógeno. El problema es el otro producto de esa reacción: CO₂, que se suelta directamente a la atmósfera.
¿Cuánto? Entre 9 y 12 kg de CO₂ por cada kg de hidrógeno producido, según la fuente (Hydrogen Newsletter). Es una barbaridad. Y es, ahora mismo, la forma mayoritaria de fabricar hidrógeno en el planeta.
Marrón y negro — el peor de todos
Igual que el gris pero partiendo de carbón en lugar de gas natural, mediante gasificación. El color (marrón para el lignito, negro para la hulla) alude al tipo de carbón. Emite todavía más: del orden de 19 kg de CO₂ por kg de hidrógeno (H2 Bulletin). Es muy común en China. Es, energéticamente, lo más sucio que se puede hacer con la etiqueta de «hidrógeno».
Azul — el gris con una promesa
Azul es el gris (o el marrón) al que se le captura el CO₂ y se almacena bajo tierra en lugar de soltarlo (lo que se llama CCS, captura y almacenamiento de carbono). Sobre el papel baja las emisiones de esos 9-12 kg a un rango de 1,2 a 3,4 kg de CO₂ por kg (IEEFA).
Sobre el papel. Aquí toca una advertencia, que marco como mi opinión razonada: el azul tiene dos asteriscos grandes. Primero, la captura nunca es del 100% —se suele quedar entre el 10 y el 20% del carbono sin capturar—. Y segundo, no cuenta las fugas de metano en toda la cadena del gas natural que lo alimenta, y el metano es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂. Llamarlo «neutro en carbono», como se hace a veces, es en mi opinión optimismo interesado. «Bajo en carbono» sería honesto; «neutro» es marketing.
Verde — el que todos quieren
Este es el que sale en todos los anuncios. Se produce por electrólisis: se pasa corriente eléctrica por agua y se rompe la molécula en hidrógeno y oxígeno. Si esa electricidad viene de renovables (solar, eólica), la producción no emite nada de CO₂. De ahí el verde.
Es la joya de la corona de la descarbonización, y es real. Pero tiene un pero de física pura que casi nadie te cuenta, y le dedico una sección entera más abajo porque es el corazón de todo.
Turquesa — la apuesta elegante
Se produce por pirólisis del metano: se descompone el gas natural con calor, pero en lugar de sacar CO₂ gaseoso, el carbono sale en forma sólida (H2 Bulletin). Ese carbono sólido es manejable —se puede almacenar o incluso vender como material— en vez de acabar en la atmósfera. Es prometedor y todavía inmaduro. Lo dejo apuntado porque, en mi opinión, es de los caminos más interesantes y de los que menos se habla.
Rosa y amarillo — la misma electrólisis, otra fuente
Es hidrógeno verde en el método —electrólisis— pero cambiando el origen de la electricidad. Rosa si la corriente viene de energía nuclear (cero CO₂, aunque no renovable). Amarillo si viene de la red general o de solar sin más matices. El método es idéntico; lo que cambia es de dónde sale el enchufe.
Blanco — el comodín que puede cambiarlo todo
El hidrógeno natural o geológico: hidrógeno que existe libre bajo tierra, formado por procesos geológicos, y que se está empezando a buscar como se busca el gas. Si se confirma que hay yacimientos explotables —y es un «si» grande—, sería la excepción a todo lo dicho: hidrógeno que no hay que fabricar. Es la carta salvaje del sector. Todavía es pronto para saber cuánto pesará.
El número que mata el humo
Vuelvo al hidrógeno verde, porque aquí está la clave de si toda esta historia tiene sentido o no, y es pura ingeniería.
Un kilo de hidrógeno contiene, en energía aprovechable, unos 33 kWh (su poder calorífico inferior). Ese es el techo de lo que puedes recuperar quemándolo o metiéndolo en una pila de combustible.
¿Cuánta electricidad hay que gastar para fabricar ese kilo por electrólisis? Hoy, del orden de 50 a 55 kWh (Springer Nature).
Para el que vaya rápido, lo digo sin rodeos:
Metes 50-55 kWh de electricidad. Sacas un hidrógeno que guarda 33 kWh. Has perdido, solo en fabricarlo, entre un 30 y un 40% de la energía. Y eso antes de comprimirlo, transportarlo, almacenarlo y volver a convertirlo en algo útil, donde perderás más.
Esto no es un defecto que se vaya a «arreglar» con mejor tecnología hasta hacerlo desaparecer: es termodinámica. Se puede mejorar la eficiencia del electrolizador, y se está haciendo, pero el principio no se salta. El hidrógeno verde es, esencialmente, una forma de convertir electricidad renovable en un gas transportable y almacenable, pagando un peaje energético grande por esa conversión.
Y de ahí sale, en mi opinión, la única forma sensata de juzgar el hidrógeno verde: no es una fuente de energía barata, es un servicio de almacenamiento y transporte caro. Tiene todo el sentido del mundo donde no puedes usar la electricidad directamente —cierta industria pesada, ciertos procesos químicos—. Y tiene poco sentido donde sí puedes enchufar directamente y ahorrarte el peaje. Volveré sobre esto en las piezas de usos, y ahí es donde tu experiencia como lector con los pies en la industria vale más que cualquier titular.
Y el dinero: por qué seguimos usando el sucio
Si el verde es limpio, ¿por qué el 95% del hidrógeno del mundo sigue siendo gris o peor? Por lo de siempre: el precio.
Los datos del IEA en su Global Hydrogen Review 2024 son demoledores. En 2023 el mundo consumió 97 millones de toneladas de hidrógeno, y más del 95% se fabricó con combustibles fósiles sin captura (gris y marrón). El hidrógeno de bajas emisiones fue menos de 1 millón de toneladas: una gota.
El motivo es el coste por kilo. Según las cifras recientes, el hidrógeno gris cuesta del orden de 1,5 a 6,4 dólares por kg, mientras que el verde se mueve entre 3,8 y 11,9 dólares por kg (Springer Nature), lastrado por el precio de la electricidad y por lo que cuesta todavía un electrolizador. Mientras esa brecha no se cierre —con renovables más baratas, electrolizadores más baratos, o un precio al CO₂ que penalice al gris—, el mercado seguirá eligiendo el sucio. No por maldad: por contabilidad.
Lo que hay que quedarse
Si te llevas tres cosas de esta primera pieza, que sean estas:
- El hidrógeno se fabrica, no se extrae. Siempre cuesta energía, y la pregunta clave es de dónde sale esa energía.
- El color es una etiqueta de cómo se hizo y cuánto CO₂ costó, no una propiedad del gas. Y hoy, el 95% del mundo es gris: contamina.
- El verde no es energía gratis, es electricidad renovable envasada con pérdidas. Brillante para lo que no se puede electrificar directamente; un espejismo para lo que sí.
En mi opinión —y esto es opinión, no dato—, el debate de los colores es útil pero también se ha convertido en parte del humo: gastamos más energía discutiendo el color que mirando las dos únicas cifras que de verdad importan, los gramos de CO₂ por kilo y los euros por kilo. Si un proyecto no te da esas dos, desconfía.
En la siguiente pieza de la serie voy al problema que empieza justo cuando ya has fabricado el hidrógeno y crees que lo difícil ha pasado: guardarlo y moverlo. Spoiler: es la molécula más pequeña que existe, se fuga por donde no te imaginas, y ataca al acero por dentro. Ahí es donde muchas promesas de hidrógeno se caen, y casi nadie lo cuenta.
Serie «Hidrógeno sin humo»: entender el hidrógeno con criterio de ingeniero, dato a dato y con las fuentes a la vista. Todas las cifras de este artículo están enlazadas a su fuente; las opiniones van marcadas como tales.
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2 comentarios en «Los colores del hidrógeno: qué significan de verdad y por qué el 95% del que usamos contamina»